Abel Rojas Ella era una chica extremadamente hermosa ante sus ojos. La primera vez que la vio, se asombró tanto por su belleza, que se puso notoriamente nervioso, y se comportó como un niño que no sabe cómo disimular sus emociones. Era una tarde pacífica y soleada de lunes. La cita estaba programada para las tres de la tarde, pero él llegó veinte minutos atrasado. Antes de verla por primera vez, no se preocupó de nada: ni de su aspecto, ni del tema de conversación y mucho menos en llegar puntual. Después de todo, era una chica más en su vida, una más entre muchas; de modo que tomó muy a la ligera el encuentro. Todo esto, no le hizo reparar en la excusa que le iba a plantar para justificar su retraso. Al acercarse al punto de encuentro, vio una chica simpática. Intuyó que podría ser ella. No había nadie más en la pequeña y muy bien cuidada placita, lo cual le hizo pensar que, sin lugar a dudas, era ella. Mientras más se acercaba, estaba más seguro de su sospecha. El nerviosismo aumentab...