EL BOHEMIO EMOCIONAL
DÍAZ MACHICAO, Porfirio. (1955). La bestia emocional. Bolivia: Juventud.
“Todo estaba decidido. Yo sería un futuro profesor de Literatura y un ilustre abogado del foro paceño… Esa fue una fugaz ilusión que se desbarató a sí misma. Pugnaba más en mí la voluntad personal, el imperativo de marchar solo por cualquier camino que fuese.”
A
continuación, realizo una reseña del texto escrito por Díaz Machicao, cuyo
título es: “La bestia emocional”. En este texto el autor escribe una
autobiografía. Relata la historia de su vida, desde su nacimiento hasta la edad
en que escribió tal libro. Esta reseña expone algunos puntos que personalmente
me interesan.
Porfirio
Díaz Machicao nació en 1909, en la ciudad de La Paz, del país de Bolivia. El
barrio al que pertenecía se denomina San Pedro. Su casa se ubicaba en la calle
San Miguel, cuya puerta llevaba el número nueve (11)*. De acuerdo al testimonio
del autor, el barrio era pobre (12, 14). Y recuerda: «En la calle de San Miguel
transcurrió nuestra infancia jugando con pelotas de trapo, aguijoneando a las
majadas de vacas y ovejas que retornaban de las chacarillas próximas hacia el
atardecer. Apenas había pasado una recua de asnos u otros cuadrúpedos, asomaba
el Alcalde de Barrio para ordenar la limpieza de la calle, espantosamente empedrada,
con piedrecilla minúscula, pero, al fin, uniforme… ¡Esos no eran aun los
tiempos del pavimento regular y del asfalto!» (12)
El
escritor cuenta que era un muchacho muy activo. Algo curioso es que recuerda
que sus padres empleaban el famoso kïmsa
charani, «látigo de tres flecos que representaba a la divinidad» (13) para
castigar al niño Porfirio.
La
fiesta mayor era el de San Pedro y San Pablo. Las cholas vendían ponche y
bebidas. Los indios danzarines venían desde los pueblos cercanos, al son de
zampoñas, situación que producía «pavor y orgullo» (13).
Díaz
estudió en el colegio Nacional Ayacucho, ingresando al nivel secundario en 1920
(18). Luego ingresó a un instituto para profesores, el Instituto Normal
Superior área de Filosofía y Letras; y también a la universidad a la Facultad
de Derecho (33). Abandonó ambos (106). En general, tiene buenas opiniones de la
Normal, y lo contrario de la universidad: «No recuerdo a ninguno de los
catedráticos que, algunas veces, me vieron aparecer como un meteoro en el aula.»
(34). Después recordará que en el colegio y la universidad solo aprendió a
leer. (22) Un dato curioso de su vida normalista y universitaria es que fue
solitario: «yo estaba limitado por mi propia soledad. No tuve en los pocos
meses de Universidad ningún amigo, ningún compañero.» (34)
Desde
la adolescencia descubrió su afinidad por los libros, marcadamente, ya desde
1925; año que cursaba el último curso de secundaria. Leyó literatura española,
francesa y portuguesa, autores como: Unamuno, Azorín, Baroja, Ricardo León,
Ramón y Cajal, Ortega y Gasset, Pérez de Ayala, Eca de Queiros, Romain Rolland,
Barbusse. De esa misma época data la primera novela que escribió y que recibió
el primer lugar de entre todos los colegiales en un concurso. Premio recibido
del aprista Manuel Seoane (28). Este premio, nos dice el autor, le permitió
conocer gente como el músico Manuel Sagárnaga, el poeta Capriles, el pintor
Borda, el periodista Villarejos, Andrés Cusicanqui y Guillermo Viscarra Fabre.
Cabe mencionar que también leyó a Rubén Darío, Herrera y Reissing, Amado Nervo,
Asunción Silva, Jaimes Freyre (32).
Porfirio
fue un autodidacta por antonomasia. Le gustaba la autonomía intelectual.
Prefería escoger sus lecturas, explorar vetas que le interesaban. Detestaba la
imposición y el reglamento. Tanta fue su rebeldía, que decidió ser dueño
absoluto de su destino marchándose de la ciudad de La Paz. Abordó un tren de
segunda clase ˈen medio de cholas e indiosˈ rumbo a Oruro. Allí trabajó en el periódico La
Patria, cuyo dueño fue Demetrio Canelas. Para esa época, recuerda el autor, ya
tenía un pensamiento izquierdista puesto que “deletreó” a Marx y consumió
literatura roja (39). Junto a Eduardo Ocampo viajó hasta Argentina, Buenos
Aires; país del que regresaron rápidamente. A su vuelta ambos se ocuparon de la
sección de literatura de este periódico.
Nuevamente
decidió viajar hasta Argentina, donde trabajó para el periódico El Eco de
Oriente (60). Pasó por Uruguay para luego volver a Oruro. Después, fue hasta
Potosí y luego a Cochabamba. Al llegar a este cálido lugar dirá que se trata de
su verdadero hogar, un encuentro con su verdadera esencia: «savia de campesinos»
(77).
Guillermo
Viscarra Fabre fue el amigo con quien profundizó sus ideas sociales. Incrementó
sus lecturas sobre la sociedad. Vivió como un “camarada de izquierda”, de
acuerdo al “sacrificio de los pobres”, “entregado a la liberación popular”
(90). Frecuentaba lugares pobres. Cuenta que una vez esparcieron cientos de
monedas en una calle pobre, donde recurrieron niños, indios y cholas a
recogerlos (97). Al encontrarse en esta fiebre socialista, dirá: «Inconscientemente,
volví la mirada hacia la gran masa boliviana: el indio. Imaginé todos sus
dolores, recompuse toda su historia, desde las épocas preincaicas, pasando por
la de los incas, atravesando la colonia y llegando a la república» (90-91).
Tras
su largo viaje por varias regiones de Bolivia y otros países, por fin retorna a
la ciudad de La Paz. Allí fue aprehendido por la fuerza policial y lo
trasladaron sin rumbo concreto. Del centro de la ciudad se dirigió hacia la
ceja y más allá. Al final llegó a Puerto Acosta, junto a su acompañante Lara y
escoltado por guardianes “indios, cobrizos, tercos e incomprensibles” (117). Su
parada final fue Camata.
El
autor expresa reiteradas veces que se encuentra en donde termina la
civilización. Al vivir largo tiempo en esos lares, señalará que “iba
imbecilizándome, en contacto con aquella gente ruda, incivilizada, acampada en
tierra adentro, lejos de todo destello de cultura, sin más ley que el Winchester 42…” (135). Sin embargo, a pesar del ambiente cultural que
percibía, allí escribió su primer libro, cuyo título es: Cuentos de dos climas.
Este
inquieto escritor vivía intensamente. Sus vivencias las convertía en materia
prima para muchas de sus novelas. Empero, libros era lo que le faltaba durante
su confinamiento. No pudo encontrarlos con facilidad puesto que los
“provincianos no leen nunca” (142), aunque sí leyó algunos que fue reunido de
todo el pueblo por el corregidor Murillo. Buscar y reunir todos los libros
habidos en el pueblo: debió ser una hazaña pintoresca y heroica a la misma
vez. Encontrándose ya en Chuma también
escribió el libro: La aldea y la ciudad.
Tras
alrededor de un año de reclusión, Díaz vuelve a la ciudad, donde se encuentran
sus familiares. Anecdóticamente cuenta que nadie lo reconoció en casa al punto
de que su propia hermana lo llamase cholo (152). Fue así porque su aspecto
había cambiado sobremanera. Pensar que tras aquella reclusión forzada iba a
estar tranquilo, no; la guerra nacional le obligó a involucrarse en filas. Así
participó de la Guerra del Chaco, retornando vivo a su patria.
La
vida de Díaz Machicao fue como la de un animal instintivo: una bestia
emocional. Una vida de bohemio, llena de aventuras, tal como él mismo lo
describe: «Yo había sido un rebelde y había como tal desengañado a los míos
abandonando la Universidad y lanzándome a viajar y a vivir tantas aventuras.
[…] Yo fui el hombre de las pérdidas» (101, 205).
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